España subcampeona de Europa de baloncesto. Ya Faemino y Cansado nos enseñaron que era mucho mejor ser subcampeón que campeón. Subcampeón es más que campeón, al menos tiene una sílaba más. Lo mismo que ser un subprimo es ser más que un primo. Subprimo, que viene del americano subprime, se debería traducir al castellano castizo por cornudo y apaleado.
Los subprimos son los causantes de todos los males que aquejan a las economías del primer mundo desde el pasado mes de agosto. Si uno lee lo que escriben, resulta que los subprimos esos son una especie de homeless a los que el capitalismo les prestó unos dineros para que salieran de sus autocaravanas y pudieran comprarse una propiedad donde vivir. Pero, ¿a quien se le ocurre fiarse de los pobres? Unos desgraciados y unos desagradecidos que a las primeras de cambio han dejado de pagar sus deudas arrastrando a bancos de todos los países, fondos de inversión globalizados y bolsas mundiales a pérdidas jamás vistas en los últimos 10 años de capitalismo triunfante. Cabrones sin escrúpulos, esos pobres, que ojalá se hubieran quedado en sus putas caravanas de mierda, que parece que que quiere decir y no se atreve la prensa económica.
Hay que tener mucha barra, que decimos los catalanes, para echar la culpa del credit crunch a los pobres. Pero gracias a tener la cara de cemento ha podido sobrevivir el capitalismo 300 años. Si no, ¿de qué?
Echemos una ojeada a nuestro país, a modo de ejemplo. De ejemplo de que no son los pobres los que han agotado la liquidez. La liquidez es algo así como el dinero que existe, frente al que no existe. Véase el efecto multiplicador del dinero. Imagínense sus límites.
El año pasado se construyeron en España unas 800.000 viviendas. Casi todas, por no decir todas, fueron financiadas con hipotecas que bancos y cajas concedieron a los promotores. Este año no se venden 800.000 viviendas ni de coña, ni la mitad, ni la mitad de la mitad. Pues cuando los promotores inmobiliarios, ladrones de la renta de la clase trabajadora, no puedan hacer frente a los préstamos de su negocio, y haya problemas de liquidez, la culpa será de los mileuristas que no pagan. Subprimos.
Antes del verano, Luis Portillo, presidente de la inmobiliaria Colonial, pretendió convertirse en el principal accionista del BBVA. Para comprar las acciones que necesitaba, pidió un crédito al BBVA, que finalmente no le fue concedido. (¿Cuántas operaciones de este tipo sí se habrán consumado en EEUU?). Un mes después era Manuel Jové, constructor gallego, el que se convertía en el principal accionista del banco, comprando 5 veces más acciones de las que pretendía Portillo, en una operación realizada a través del banco suizo UBS mediante bonos canjeables en acciones (sic.). Este, al menos, tenía unos 2.000 millones de euros de la venta de su empresa.
Imagino yo que algo parecido o peor habrá pasado en EEUU. Una idea nos hacemos de que no sólo los pobres y los subprimos piden créditos. El dinero prestado, en España, alcanza prácticamente la cifra del PIB. Y algo parecido ocurre en Inglaterra, EEUU y otros países.
De momento, he decidido acabar la última novela de Enrique Moriel (González Ledesma) y continuar con el tercer tomo de El Capital, que es donde el abuelo habla de la función de préstamos y créditos en el capitalismo. De momento, baste con decir que los pobres no tienen la culpa. Recomiéndase el artículo de José Francisco Bellod en el Mundo Obrero de septiembre (1 y 2)